La conductividad térmica del hormigón no es un dato menor cuando se diseña una losa, un forjado o una cimentación en contacto con el terreno. Cambia la sensación térmica del edificio, influye en los puentes térmicos y, en determinados usos, condiciona incluso la forma de resolver el detalle constructivo. Aquí voy a aterrizar qué valores tienen sentido, por qué varían tanto y cómo leerlos sin caer en simplificaciones.
Lo esencial en una lectura rápida
- El hormigón conduce el calor bastante más que un aislante, pero mucho menos que el acero.
- No existe un único valor útil: la densidad, la humedad y el tipo de árido cambian mucho el resultado.
- El Catálogo de Elementos Constructivos del CTE recoge valores de referencia que van desde 1,58 W/m·K en bovedillas/casetones convencionales hasta 0,28 W/m·K en bloques aligerados macizos.
- La humedad suele aumentar la conducción; el secado y la porosidad la reducen.
- En forjados, soleras y cimentaciones, el problema práctico suele ser el puente térmico, no solo el valor del material.
- Si el objetivo es aislar, el hormigón ayuda poco por sí solo: hace falta continuidad de aislamiento y un detalle bien resuelto.
Cuánto calor transmite realmente
La conductividad térmica, expresada en W/m·K, indica cuánta facilidad tiene un material para dejar pasar el calor. Yo la leo siempre junto con el espesor, porque no transmite lo mismo una capa de 10 cm que una de 30 cm; por eso la resistencia térmica se calcula, en primera aproximación, como R = e / λ.
En obra, el error más común es hablar del hormigón como si fuera un material único. No lo es. El valor cambia según la dosificación, la densidad, los huecos internos y el tipo de producto. Como orden de magnitud, un hormigón estructural denso suele moverse en torno a 1,5-2,0 W/m·K, mientras que ciertas piezas aligeradas bajan bastante de ahí.
| Referencia | Conductividad aproximada | Lectura práctica |
|---|---|---|
| Hormigón estructural denso | ≈ 1,5-2,0 W/m·K | Conduce calor con facilidad; no actúa como aislante. |
| Bovedilla o casetón de hormigón convencional | 1,58 W/m·K | Buen ejemplo de pieza pesada, con transmisión térmica alta. |
| Bloque de hormigón convencional | 1,18 W/m·K | Algo más favorable que el hormigón denso, pero lejos de un material aislante. |
| Bovedilla o casetón de hormigón con áridos ligeros | 1,26 W/m·K | La aligeración empieza a bajar la conducción, aunque el cambio no es radical. |
| Bloque de hormigón aligerado hueco | 0,45 W/m·K | Los huecos reducen bastante el paso del calor. |
| Bloque de hormigón aligerado macizo | 0,28 W/m·K | Se acerca más a un comportamiento térmico moderadamente bajo, sin llegar a un aislante real. |
| Lana mineral | 0,041 W/m·K | Sirve como referencia para entender la distancia frente a un aislante auténtico. |
El Catálogo de Elementos Constructivos del CTE recoge precisamente ese tipo de valores por producto, y esa es la lectura correcta: no comparar “hormigón” con “aislante” como si fueran la misma categoría, sino entender qué solución constructiva tienes delante. A partir de aquí, la pregunta útil es otra: qué hace que un mismo material cambie tanto de un caso a otro.
Qué hace que un mismo hormigón cambie tanto
La guía técnica del MITECO lo explica de forma bastante clara: cuando un material no es homogéneo, conviene hablar de conductividad aparente. Yo traduzco eso a una idea sencilla: en el hormigón no manda solo la pasta de cemento, también manda el aire atrapado, el árido, el agua y la forma en que todo queda distribuido.
| Factor | Efecto habitual sobre la conductividad | Qué conviene recordar |
|---|---|---|
| Densidad y porosidad | Más densidad suele implicar más conductividad; más huecos, menos | Los vacíos llenos de aire reducen el paso del calor, pero también pueden penalizar otras prestaciones. |
| Humedad | La humedad suele aumentar la conductividad | Un hormigón seco no se comporta igual que uno húmedo o saturado. |
| Tipo de árido | Los áridos densos tienden a conducir más; los ligeros, menos | El árido no es un detalle secundario: cambia mucho el resultado final. |
| Temperatura de servicio | Puede modificar el valor medido o efectivo | En situaciones extremas, como incendio o secado fuerte, el comportamiento se desplaza. |
| Fibras y armaduras | Aumentan la conducción local en torno al metal | El efecto global depende de la cuantía y de cómo se distribuyen. |
En la práctica, yo siempre separo dos preguntas: qué valor tiene la mezcla en laboratorio y qué valor tendrá el elemento ya ejecutado. Esa diferencia importa muchísimo en contacto con el terreno, donde la humedad, la compactación y la continuidad del material nunca son idénticas a las del ensayo. Y precisamente por eso el detalle constructivo pesa tanto como el número.
Dónde importa más en forjados, soleras y cimentaciones
Al ser el hormigón armado un conductor relativamente bueno del calor, el CTE remarca que el encuentro entre forjado y muro se convierte con facilidad en un puente térmico. Eso se nota en la periferia de la envolvente, pero también en sótanos, losas sobre terreno y arranques de muros de contención, donde el elemento estructural y el contacto con el suelo trabajan a la vez.
En una solera o una losa de cimentación, el calor no solo se pierde hacia el exterior: también se intercambia con el terreno. Ahí la conductividad del hormigón se cruza con la del suelo, la humedad del entorno y el espesor del paquete constructivo. Si el borde de la losa queda mal resuelto, el centro puede estar relativamente bien y el perímetro seguir siendo el punto frío.
Yo miro especialmente tres casos:
- Forjados en borde de fachada, donde el puente térmico aparece rápido si falta aislamiento continuo.
- Losas sobre terreno, donde el espesor del hormigón no sustituye al aislamiento perimetral o inferior.
- Cimentaciones y muros de sótano, donde la interacción con el terreno condiciona confort, condensaciones y pérdidas energéticas.
En obras con masa térmica importante, el hormigón también ayuda a estabilizar temperaturas, pero eso no significa que aísle. Esa distinción marca la diferencia entre un cerramiento eficiente y un cerramiento simplemente pesado.
Cómo reducir la transmisión de calor cuando buscas aislamiento
Si el objetivo es limitar el flujo térmico, yo no confiaría en el hormigón como solución única. La estrategia buena suele ser combinar estructura, aislamiento y continuidad de detalle. Ahí es donde realmente se gana o se pierde el rendimiento.
- Elegir hormigón aligerado solo cuando la solución estructural lo permita y el cálculo no se vea comprometido.
- Colocar aislamiento continuo en el plano correcto, especialmente en perímetros de losa, frentes de forjado y muros de sótano.
- Evitar discontinuidades en juntas, encuentros y pasos de instalaciones, porque un pequeño fallo rompe mucho más de lo que parece.
- Controlar la humedad de obra y el estado final del elemento, ya que un hormigón húmedo conduce más que uno seco.
- Revisar los puentes térmicos lineales en vez de mirar solo la transmitancia global del cerramiento.
La tentación habitual es pensar que un hormigón “más ligero” arregla el problema. A veces mejora bastante, sí, pero otras veces solo maquilla el síntoma. Si la continuidad del aislamiento falla, la mejora del material base se queda corta. Yo prefiero una solución menos brillante en papel, pero más sólida en obra: el aislamiento donde toca y el hormigón cumpliendo su función estructural.
Cuándo interesa precisamente lo contrario
No siempre conviene reducir la conductividad. En estructuras termoactivas, en soleras con calefacción radiante o en elementos pensados para almacenar y repartir calor, interesa que el calor viaje con rapidez y se distribuya de forma homogénea. En esos casos, una mezcla más densa o un elemento con mayor conductividad puede ser una ventaja.
También puede ser útil en grandes masas de hormigón, donde la difusión del calor ayuda a suavizar gradientes térmicos en servicio. Eso sí, hay que distinguir entre aprovechar la inercia térmica y dejar sin resolver el aislamiento. Son cosas distintas. Una losa que absorbe bien calor puede ser muy útil en un sistema activo, pero muy mala noticia si forma parte de la envolvente sin una barrera térmica adecuada.
Mi criterio es simple: si el elemento está pensado para intercambiar energía, la conductividad es un activo; si está pensado para separarla, se convierte en un problema. La buena ingeniería consiste en no mezclar esos dos objetivos sin control.
Los errores que más distorsionan la lectura del dato
Hay varios fallos que veo repetirse y que explican por qué tantas comparaciones de conductividad acaban mal interpretadas. El primero es confundir conductividad con transmitancia: una cosa es el material y otra el cerramiento completo. El segundo es usar un único valor “de catálogo” para todas las situaciones, como si el hormigón se comportara igual en seco, en obra fresca o en contacto permanente con el terreno.
- Tomar un valor genérico sin comprobar la densidad real de la pieza o de la mezcla.
- Olvidar la humedad, que puede mover bastante el resultado.
- Pensar que más espesor siempre compensa un material mal resuelto.
- Ignorar los puentes térmicos en encuentros de forjado, zócalo y cimentación.
- Elegir hormigón aligerado sin revisar antes la resistencia, la fisuración y la ejecución.
Si el proyecto es sensible, yo pediría siempre el valor declarado del producto o una referencia de cálculo coherente con el sistema constructivo. Con esto evitas una equivocación muy habitual: diseñar con un número “bonito” y luego descubrir en obra que el comportamiento real no era ese.
Lo que conviene revisar antes de cerrar el detalle constructivo
Antes de dar por cerrado el diseño, yo compruebo cinco cosas: qué papel juega el elemento, qué valor de conductividad se está usando, cómo afecta la humedad prevista, dónde aparece el puente térmico y si el aislamiento es realmente continuo. Con esa revisión, la conductividad deja de ser una cifra aislada y pasa a ser una decisión de proyecto.
La idea práctica es sencilla: el hormigón puede ayudar, pero rara vez resuelve solo. En una cimentación o una solera en contacto con el terreno, el buen resultado depende tanto del material como del detalle perimetral y de la interacción con el suelo. Si esa lectura está bien hecha, el dato térmico deja de ser abstracto y se convierte en una herramienta útil para construir mejor.